PALABRAS
Las dudas son peldaños que no nos llevan a ningún lugar , pero nos alejan de la estupidez.
A la mejor amistad hay que ponerle de vez en cuando una tirita.
Las alas se atrofian si no se usan.
Las dudas son peldaños que no nos llevan a ningún lugar , pero nos alejan de la estupidez.
A la mejor amistad hay que ponerle de vez en cuando una tirita.
Las alas se atrofian si no se usan.
LA ASPIRINA
Fue un descubrimiento, como la democracia o la filosofía, de los antiguos griegos. El ácido acitilsalicilico lo extraían los helenos de la corteza del sauce en forma de jugo y lo usaban como analgésico. Pero los que inventaron realmente la aspirina sintética fueron los alemanes de la Bayer. Y es lógico que fueran los alemanes los que perfeccionaran el producto porque un pueblo de pensadores lo normal es que tenga muchas jaquecas. Pero como si fuera el bálsamo de Fierabrás la aspirina , según sus entusiastas, es prodigiosa y sirve para casi todo. Dicen que los misioneros, cuando andaban predicando por África y llegaban a un poblado lleno de enfermos, les daban aspirinas por darles algo. Y los indígenas se curaban. Se curaba de todo y se dejaban bautizar. Pero esto quizá sea un milagro o un mito.
Lo que no es un mito es que la aspirina es buena para los tristes dolencias y, por supuesto, para los malditos dolores de cabeza. Para los grandes dolores está la morfina y la religión. Pero la aspirina, eliminando los estúpidos pequeños dolores, hace los días más llevaderos y ha aumentado el bienestar del mundo. Uno tiene un dolor que le llena de un tonto pesimismo, se toma una aspirina y rápidamente se encuentra mejor. La musiquilla interior del cerebro pasa del Réquiem a la Romanza. Habría que hacer un monumento a la aspirina. Algo así como una gran rueda de mármol blanco de Carrara. Quizá en Berlín, donde se produjo el mayor dolor de cabeza de la historia gracias a Hitler y sus melomános.
Los puritanos quieren que estemos tan tristes como ellos.
Vivía un poco incómodo, pero muy orgulloso, en su pedestal, como todo el mundo.
El otoño es erótico porque la mujer se tapa.
Mejor ser un buen turista que un mal viajero.
Un mediodía invernal cogí el tren en la estación neomanuelina del Rossio y, abandonando la hermosísima, destartalada y melancólica ciudad de Lisboa, me fui a Sintra para pasar la tarde. Lo que fue residencia de verano de los monarcas portugueses y, después, un elegante y rústico lugar de retiro de viajeros de todo el mundo se ha convertido, hoy en día, en un vulgar reclamo de turistas como tantos lugares mágicos de la tierra. Lord Byron dijo de este lugar que era " el más encantador de Europa en todos los aspectos". Hoy no lo diría. Pero aún es agradable pasear por las empinadas calles contemplando sus "quintas" (mansiones ) con sus pintorescos jardines, evocando una época menos vulgar que la nuestra. Sorprende el Palacio Nacional, de arquitectura renacentista y manuelina. Sus dos enormes chimeneas son justamente famosas. Y el paisaje que rodea el núcleo urbano es realmente especial.
Lo cierto es que pasé unas horas embrujadas en Sintra y ya cuando me iba a la estación para volver a Lisboa, paseando por una calle en cuesta con vistas impresionantes del valle, vi un hotelito ( el Lawrence ) lleno de encanto que me sedujo inmediatamente. Y pensé en el tren de vuelta a Lisboa que algún día tenía que ir a pasar una temporada en ese hotel, como quien se hace una promesa. Pero después me fui a cenar bacalao asado al Martinho da Arcada, el café donde Pessoa solía ir a escribir sus lúcidos desasosiegos, y me bebí una botella de vinho verde pensando que a partir de los 50, si uno se descuida, la vida ya sólo es literatura.
Le gustó tanto aquel sueño que decidió rebobinarlo.
EL PIMIENTO INOLVIDABLE
Pla, en una página del dietario Notas del crepúsculo, con su amenidad habitual, habla de un "pimiento inolvidable" que comió en casa de Manuel Aznar, en Echalar. La mezcla de palabras es asombrosa. Porque unir "inolvidable" ( palabra prestigiosa que alude a cosas importantes y memorables ) con "pimiento" ( un producto habitual de la huerta ), es puro humorismo. Pero la cosa tiene su explicación. Josep Pla era amigo del periodista Manuel Aznar y , en una estancia en Echalar, cenó satisfactoriamente en la casa familiar de su amigo y, pasados los años, convirtió el asunto en un mito personal: El pimiento inolvidable que comió cuando era joven, en una situación agradable, en un pintoresco pueblo del Pirineo. Y es que solemos mitificar lo que comemos no sólo porque la comida esté exquisita, sino también por la situación placentera en la que se produce. Seguro que el pimiento estaba riquísimo, pero al elevarlo a la categoría de "inolvidable", Pla está hablando más que de ese pimiento de su pedida juventud.
Escribe Pla, que además de gran escritor era un buen gastrónomo : " Nos ofrecieron un gran pimiento rojo, que envolvía una porción de carne, la cual estaba guisada dentro del pimiento". Y añade: " Me he acordado toda mi vida. Extraordinaria calidad, gusto prodigioso, una maravilla. Era septiembre, todo otoñeaba, llovía, lloviznaba, las aguas del Bidasoa hacían un ruido sordo al bajar hacia el golfo, el Pirineo de Navarra apenas se veía, dormido e incierto en el difuminado otoñal. Era el día exacto para comer aquel pimiento inolvidable que nos presentaron con perfecta naturalidad". ¡Pimiento inolvidable! No cabe duda de que Pla dominaba el arte de poner los adjetivos...
LUCES Y TINIEBLAS
Cuando llegué a Berlín, un mediodía lluvioso, después de dejar la maleta en el hotel, salí con la intención de comer algo apetecible por los alrededores para resarcirme de la tortura gastronómica del avión y, por casualidad, encontré el Cafe Einstein. Es un café restaurante con grandes ventanales que dan a un jardín, suelo de madera, techos altos y muy confortable. Un café cómodo y animado, de estilo centroeuropeo, lleno de gente peculiar en donde me encontré inmediatamente bien. Fue un buen comienzo y comí un excelente Sauerkraut.
Después de mis paseso por Berlín, viendo lo que hay que ver en una primera visita ( La Puerta de Brandeburgo, las orillas del Spree, el Tiergaten, los museos, la Alexanderplatz o la Torre del Holocausto, y las asombrosas calles llenas de edificios demasiado nuevos y colosales ), solía volver al Cafe Einstein. Allí descansaba de mis largos paseos mientras me bebía unas cervezas antes de retirarme al hotel. Aquel local me agradaba. Descubrí que había otros Cafe Einstein, pero el que más me gustó fue el de Kunfurdentrase que conocí el primer día, con sus amables y esbeltas camareras que llevaban un largo mandil blanco hasta los pies.
Ciudad con un pasado trágico, Berlín es una ciudad atractiva, rica y dinámica, pero uno nota constantemente cosas raras. Una ciudad demasiado nueva y aséptica en la que en cualquier esquina nos acecha el horror del Tercer Reich. A pesar de sus maravillosos parques, de sus grandiosos teatros, de sus modernas universidades, de sus excelentes librerías, de sus elegantes avenidas y de sus brillantes rascacielos, aquí estuvieron, no hace mucho tiempo, las oficinas del infierno. Una ciudad que hace pensar vertiginosamente si uno tiene memoria e imaginación.
Y en el Cafe Einstein pensaba que Berlín es una ciudad poderosa que va a jugar un papel importante en el futuro, sin duda, pero que todavía da un poco de miedo. Tuvo y sigue teniendo algo de decorado de ópera de Wagner...
Si "el gusano perdona al arado que lo ha partido" ( Blake), la ostra perdona a quien se la come viva.
En los restaurantes malos se sufre y se paga como en el dentista.
Una de esas amistades vascas en las que se va de cena en cena, hasta la cena del funeral.
Algunas recetas de cocina son poemas suculentos.
Los pescados en la pescadería parecen filósofos pesimistas.
El vino es tan saludable que tenían que venderlo también en las farmacias.
Las conversaciones de ascensor son definitivas.
Los buenos propósitos no sirven para nada, excepto para no ser un miserable.
Todo elogio encierra una crítica como toda cereza encierra un hueso.
"Leyendo y releyendo, a lo largo de los años, a Wilde, noto un hecho que sus panegiristas no parecen haber sospechado siquiera: el hecho comprobable y elemental de que Wilde, casi siempre, tiene razón." Este importante elogio de Borges quiere combatir el tópico injusto de que Wilde era brillante, pero sólo brillante. Que Wilde era brillante es algo con lo que sería difícil no estar de acuerdo. Nadie como él tuvo el talento de escribir aforismos ingeniosos y libros que parecen perfectos. Pero es que, además, es verdad que casi siempre tiene razón porque detrás de la máscara frívola que lucía en los salones Wilde era una especie de sabio. Oscar Wilde era inteligente y culto, pero conoció el placer y la desdicha, el lujo y los bajos fondos, el éxito y el fracaso, los laureles y el exilio. Conoció la vida en sus manifestaciones más extremas y expresó sus trangresores pensamientos en forma de paradojas, que no suelen ser otra cosa que verdades impopulares.
Un siglo después de su muerte su obra sigue fresca como el primer día. Sus libros se siguen traduciendo, sus comedias se siguen representando y los estudios sobre sus obras y sobre su persona siguen llegando con regularidad a las librerías. Es un clásico. Pero sigue habiendo muchos lectores que no lo toman en serio o que no le perdonan algún aspecto de su biografía. Quizá se deba a que como el burlón Wilde escribió: "El público es asombrosamente tolerante. Lo perdona todo, excepto el genio".
Ramón Eder
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